MI ESTANCIA EN EL HARÁS NACIONAL DE SAINT-LO

Cuadras de competicion
Cuadras de competición del Harás.
En la foto el box de THURIN

Corría el año 1993. Yo era un joven Teniente destinado en el paraíso para un amante de los caballos de deporte, la cría, la doma de potros, y la competición de saltos principalmente con caballos jóvenes. Este paraíso se encontraba (y todavía allí se mantiene) en el cántabro municipio de Mazcuerras. Quizá este nombre no les diga nada, pero si afinamos un poco más la localización geográfica y hablamos de la Yeguada Militar de Ibio, seguro que a todos les suena.

En la Yeguada se sabía a qué hora comenzaba el trabajo, pero no a cuál finalizaba. Esto es algo común en este tipo de instalaciones, puesto que desde que llegas te ves inmerso en un ciclo que no tiene fin: celos de las yeguas, temporada de cubriciones, partos, destetes, doma de pesebre, doma de potros de tres años, inicio de los trabajos de salto con los de cuatro años, y vuelta a empezar. Y cada año nacían alrededor de una veintena de potros y potras dispuestos a que todos los componentes de la plantilla de la yeguada nos ganáramos nuestro sueldo a base de bien.

Pero por aquel entonces, mis ansias de aprender no tenían límite. En esos años, el modelo de cría francesa era nuestro ejemplo a seguir (sus éxitos deportivos y económicos a nivel mundial así lo evidenciaban), y tenía un gran interés en conocer sus métodos ¨in situ¨. Cada mes recibíamos la revista L´Eperon, y yo la devoraba con la limitación que me producía el hecho de que mis conocimientos de la lengua del país vecino fueran nulos. Al final, y tras contactar con la UNIC (Unión nacional interprofesional del caballo), me busqué la vida para conseguir una estancia de unos meses en el Harás Nacional de Saint-Lo, en el corazón de Normandía nada más ni nada menos…el súmmum de  la cría de caballos de salto y competición a todos los niveles.

Y para allí me fui en abril del 94, con mi coche cargado hasta arriba, mis botas de Sastre (las que tenía para concursar) relucientes, y toda la ilusión de un joven de 29 años que se quiere comer el mundo. Nada más llegar me di cuenta que de las tres condiciones citadas, una fue un craso error. Allí no paraba de llover; llovía, como dicen en mi pueblo, sin conocimiento, y fui al segudo día a comprarme una botas de goma al más puro estilo pocero, o de lo contrario mi flamante par del magnífico botero madrileño (q.e.p.d.) y que me habían costado medio sueldo, no me iban a durar ni para el primer concurso.

Como dice la canción de Mecano: ¨mi primera desilusión, los problemas de comunicación¨. Me dijeron que sabiendo inglés, allí ni un problema. Bueno pues sí que los hubo, y muchos. Sesenta personas trabajaban en el Harás, e inglés nada más que el Director y una secretaria.

Mi régimen de trabajo era el siguiente: por las mañanas trabajaba en la cuadra de competición, y por las tardes acompañaba al Director en sus diversas funciones que luego comentaré. En esa época en el Harás había en plantilla 120 sementales, pero 100 de ellos estaban distribuidos por las 22 estaciones de monta (nuestras paradas) que Saint-Lo desplegaba. En la cuadra de competición había 10 sementales jóvenes de entre cuatro y seis años que participaban en las pruebas de ciclo clásico, y otros ocho sementales más mayores que corrían grande. La dirección del trabajo de entrenamiento la llevaba Jean-Paul Lepetit y había dos jinetes más: Jacques Moulin y Vincent Frerey. Jean-Paul Lepetit era la viva imagen del hombre de caballos normando: trabajador, duro y algo reservado. Conmigo fue precavido en un primer momento, por no decir escéptico. El primer día me dijo en la lengua de Voltaire: ¨Vamos a ver cómo monta este militar. Coge el angloárabe (sólo había dos en todo el depósito y el otro estaba de parada de cubrición) y vamos al picadero cubierto (le manége). Ponle un filete de palillos (eso ni me acuerdo cómo lo dijo; yo lo comprendí bastante después) y te espero allí en media hora¨. Mi entender me hizo presentarme en la pista exterior de arena con un árabe que había en la cuadra y con la primera cabezada que encontré. Como allí no apareció nadie (lo de media hora era lo único que cacé), al cabo de un rato regresé a la cuadra y allí estaba Monsieur Lepetit con un mosqueo del siete.

Saint-Pierre sur Dives
Concursando con VIS-VERSA en un B-3
en Saint-Pierre sur Dives
Cuando se medio deshizo el malentendido, preparé el caballo adecuado (Vis-Versa) con el filete de palillos y esta vez él mismo me acompañó. Con él vinieron los otros dos jinetes, el herrador y un paradista que por allí pasaba, puesto que en el ambiente se estaba originando un cachondeillo que iba en aumento. Finalmente la prueba creo que la superé con brillantez, ya que a partir de ese momento me pasó muchos otros caballos de la cuadra. Jean-Paul Lepetit es hoy día uno de los mejores Jefes de Pista internacionales franceses. Jacques Moulin era un jinete de enorme experiencia que había corrido por toda Francia, Irlanda e Inglaterra tanto en salto como en completo y steeple; en cuanto a Vincent Frerey, se trataba de una joven promesa de veinte años que había tenido muchos éxitos como juvenil y joven jinete. Debo decir que todos ellos se portaron, una vez salvada la frialdad inicial, de una manera excepcional conmigo, y con el paso de las semanas, mis conocimientos hípicos y del francés fueron mejorando.

En cuanto a las tardes acompañando a Monsieur Guy Bideault por toda la zona donde los sementales del Harás estaban repartidos, simplemente diré que fueron muy provechosas y gratificantes para mis ilusionadas aspiraciones de aprendizaje. El Director del Harás tenía que visitar todas las estaciones de monta, aprobar sementales de todas las razas para que pudieran ejercer como tales, presidía los concursos de modelos y aires para potros y potras de tres años, asistía a todas las competiciones de caballos jóvenes, visitaba a los criadores de la región para ver sus potros y, en su caso, proponer la compra de algún joven semental, asistía a las reuniones de la ADECNO (Asociación de criadores de caballos de Normandía), etc. Y todo esto lo hizo durante dos meses con un joven oficial de los Haras Reales españoles (así me presentaba). De esta forma conocí a las familias más tradicionales de la cría de Normandía: los Leredde, Navet, Pignolet, Angot, etc. Todos ellos eran experimentados antiguos jinetes y criadores, que mantenían las líneas maternas de sus abuelos y competían con los caballos que criaban, montados por sus hijos e hijas. Un sistema basado en la tradición y la experiencia de muchas generaciones, algo diferente al que en otros países mantienen ¨nuevos ricos¨ y personas que aparecen y desaparecen de este mundo como por arte de magia, con una especie de facilidad para el escapismo que no la mejoraría ni el mismísimo Gran Houdini. Que cada cual interprete esta divagación a su manera y coloque a nuestro país en el lado de la balanza que considere más oportuno.

Como jinete, me sorprendió la naturalidad de la equitación que practicaban. Nada de grandes disquisiciones sobre hierros extraños, ni sistemas de trabajo complicados, ni teorías filosófico-metafísicas de la equitación. Una frase que repetían mucho era: ¨los potros de cuatro años no tienen que llegar a sudar trabajando. Si sudan es que nos hemos pasado. Es como el niño pequeño que vuelve del colegio llorando. Algo malo le ha ocurrido¨. Todo era naturalidad, nada de violencia, doma la justa (con los caballos jóvenes; los de más de seis años estaban perfectamente domados), poquitos saltos en casa (no liquidan, decían), y mucha competición. La ventaja que tenían era que en un radio de menos de ochenta kilómetros en torno a Saint-Lo, había uno o dos concursos cada fin de semana. En la mayoría de ellos no había boxes, se iba y venía todos los días, y raro era el concurso en el que el mismo caballo tenía que competir más de dos días. Las pruebas estaban muy claramente definidas para los jinetes según su categoría, y para los caballos según su edad y nivel de resultados y ganancias. Allí no había mamoneos; un jinete de tal categoría sólo podía competir en las pruebas para tal nivel (excepto con potros), y cuando un jinete con un caballo llevaba varias clasificaciones sin falta en pruebas de tal altura, o subía de prueba, o corría fuera de premio. Creo que es un magnífico sistema para buscar la progresión y evitar los abusos.

Lo que verdaderamente me sorprendió la primera vez que lo vi, fueron los concursos de modelos y aires. En ellos se juntaban todos los ganaderos de cada demarcación. Todos juntos, los grandes y con renombre y los pequeños que tenían dos yeguas (eran mayoría). Estos últimos eran curiosos porque cuando un posible comprador se les acercaba y les pedía precio por una joven yegua de buen físico y de las líneas en las que ellos siempre habían confiado, les decían: ¨prefiero estar el resto de mis días comiendo patatas, antes que venderle esta yegua¨, y lo bueno del caso es que lo decían de verdad, con el corazón. Allí llegaban unos con buenos camiones y un equipo de mozos y jinetes envidiable, y otros con su potro andando del ramal. Y como en las carreras antiguas, estos últimos buscaban allí, sobre la marcha, un jinete que les sacase el potro a la presentación montado. Por una pequeña cantidad de francos, dicho avezado jinete (me niego a llamarlo desbravador puesto que eran auténticos artistas), se subía al potro al que nunca antes habían puesto la montura, y tras un poco de cuerda, unas galopadas descontroladas, y en no muchos casos algún batacazo, eran capaces de sacarlo montado en tanda a los tres aires. Las tandas, por supuesto, eran de machos por un lado y hembras por otro, que eran algo brutos, pero no locos. Además los dividían en cuatro grupos según las alzadas. Al final, el ver la cara de satisfacción de este pequeño criador cuando daban los resultados y su potro había conseguido la clasificación para la final regional en el Harás en septiembre, era algo que te ponía los pelos de punta. Lo que nunca vi fue ni una mala cara  ni mucho menos un desplante al jurado calificador presidido por Monsieur Bideault. Allí en Normandía todo el mundo se ganaba su reputación a base de trabajo, experiencia y buen hacer.

En las pruebas de ciclo clásico se respiraba ambiente hípico por los cuatro costados. Era motivante estar en la pista de ensayo con un potro de cuatro años medio cerril, y ver a tu lado pasando casi los mismos apuros que tú, a dos jinetes olímpicos, a un medalla de bronce en el último europeo, o a alguien que ha corrido más de treinta copas de naciones. Claro, también había algún ¨pelado¨, pero nadie le miraba mal a ese. Había siempre, lloviera o no, un numeroso público muy entendido que seguía casi con lupa a los sementales que prometían, y cuando un caballo realizaba un recorrido con brillantez, le aplaudían de manera casi ceremoniosa. En esa época allí estaban preparando caballos jóvenes y compitiendo con ellos Rafi Laftan y Jesús Garmendia. Os puedo asegurar que tanto uno como otro, curraban como campeones.

Saint-Mére Eglise
Fase territorial de concurso de modelos y aires
en Saint-Mére Eglise
En las visitas por las tardes con M. Bideault llegué a conocer a fondo a los auténticos ganaderos normandos. Y no me refiero a los grandes de renombre y reputación más que ganada, sino a los de dos yeguas y humilde condición. Algunos presentaban un potro criado por ellos como futuro semental, y durante la revisión que el Director les realizaba, ni respiraban. M. Bideault, siempre serio y observador, le pedía que moviese el caballo, lo repasaba morfológicamente, y finalmente le daba su opinión (que no veredicto). Y os puedo asegurar que las veces que yo asistí con él, y en los que hubo más resultados no favorables que favorables, en todas las ocasiones los criadores quedaban satisfechos ya que les explicaba de manera honrada, clara y amable los motivos que él consideraba. ¡Igualito que en muchas de nuestras pruebas del MAPA en las que algún juez ha llegado a reirse del potro que le presentaban! Al final siempre había una invitación a un calvados que precedía a una amena conversación sobre la cría de la zona.

Creo que en la actualidad, los Haras Nacionales franceses no atraviesan un buen momento. La crisis económica, los funcionarios politiquillos y gestores que siempre quieren dejar la huella de su paso por una u otra administración, y los oportunistas de mala fe, deben haber tenido una buena parte de culpa. Desde aquí quiero mandar un mensaje de apoyo a todas las personas que con su trabajo incansable consiguieron hacer de la cría caballar francesa un modelo y ejemplo para el resto del mundo. El haber sido siempre un Servicio del Estado les puso en desventaja ante otros sistemas de cría más privados (que siempre se beneficiaron del HN francés), puesto que es evidente que el Estado no trabaja tanto el marketing como lo hace una empresa particular que se rige por fines lucrativos. Estoy seguro que no dentro de mucho tiempo volverán a ser los números uno para todos esos pequeños ganaderos que jamás se desprenden de sus buenas yeguas…y al final siempre te invitan a un calvados.